Imágenes
A cualquiera le puede pasar.
La primera vez fue hace un mes, unos días después de regresar de su viaje a Roma. Mientras recorría por Internet imágenes de los lugares que había visitado se reconoció entre los turistas que aparecían transitando por el Coliseo. La foto era una típica postal tomada desde cerca, a la altura de la calle, y aunque los rostros apenas se distinguían, recordaba la ropa que llevaba el único día que dedicó a visitar ese monumento. Quedó sorprendido por la enorme casualidad de que el fotógrafo, un profesional seguramente, haya disparado esa toma justo cuando él atravesaba el campo visual, y que entre todas las que hizo haya elegido ésa para publicar. Sin embargo, al revisar otras imágenes turísticas, se dio cuenta de que en casi todas ellas había personas que aparecían por pura casualidad.
La segunda vez fue hace una semana. Buscando una dirección por Internet se vio de pie en una parada de transporte en uno de esos mapas con imágenes de calle. Tenía también el rostro pixelado, pero llevaba la ropa que usa habitualmente y además recordó haber estado ahí algunos días atrás y haber tomado ese colectivo. La probabilidad de que justo en ese momento haya pasado el móvil que toma las imágenes de la aplicación era infinitesimal. Pero allí estaba, fuera de toda duda. Quedó impresionado, pero se tranquilizó pensando que en todas esas tomas aparecen personas que andan por la calle.
La tercera vez fue ayer. Se vio gritando y agitando los brazos en la filmación del recital de rock al que había asistido la noche anterior. Un paneo de la cámara hacia el público se detenía unos segundos en el borde del escenario y allí estaba él, a los saltos. Recordaba perfectamente ese tema que cerró el concierto y cómo había logrado acercarse a los empujones hasta el escenario. No había duda, era él. Tuvo entonces la certeza de que esas coincidencias no podían ser casuales y sintió que esas imágenes lo perseguían, cada vez más cerca en el tiempo; un mes, una semana, un día. Entró en una suerte de pánico, pero no podía hacer nada. Decidió quedarse en su casa para no exponerse más. Allí no había cámaras ni fotógrafos.
Fue a la cocina y puso una pava de agua a calentar en la hornalla para hacerse unos mates, pero de los nervios se distrajo y la hizo hervir. No importa, se dijo, la enfrío un poco con un chorrito de agua de la canilla y listo. Se sentó en el living y encendió la televisión para distraerse un rato y dejar de perseguirse con ideas absurdas. Una hora después la transmisión se interrumpió con un noticiero que, con grandes letras rojas y música estridente, informaba acerca de una reciente explosión y un incendio en un edificio de departamentos. Se mostraban en vivo y en directo la calle cortada, las ambulancias y la autobomba con el accionar de los bomberos y paramédicos. Además, en un rectángulo de la pantalla, aparecía una imagen con el rostro de la única víctima fatal; era una foto que se había tomado él mismo unos días atrás para probar la cámara de su nuevo celular. Cuando se reconoció, percibió espantado el mal olor que venía de la cocina y corrió a cerrar la hornalla que se había apagado al hervir el agua y había quedado abierta, pero en el apuro no tuvo en cuenta la recomendación de no encender luces eléctricas cuando hay una fuga de gas.



Quise más!!! notable el relato!
ay ese final no me lo esperaba jajaj buenisimo