El visitante
Sorpresas te da la vida.
Un episodio más de mi vida cotidiana con una esposa, una gata y dos gnomos. Para quienes me leen por primera vez, los capítulos anteriores de la saga son:
En la salud y en la enfermedad
Después de algún tiempo de sostenida aunque tensa calma, esta mañana ocurrió algo inesperado. La convivencia entre los gnomos Juan y Sofía, la gata Nyan, mi esposa Claudia y yo se había mantenido todo este tiempo en un nivel de tranquilidad aceptable. Los gnomos siempre ayudando en la cocina, la gata siempre tratando de comérselos y Claudia y yo siempre intercediendo para que las cosas no pasen a mayores. El mes pasado nos mudamos a un nuevo departamento. La mudanza transcurrió sin incidentes, con la gata encerrada en una valija para que no se asuste y los gnomos escondidos también en una caja, pero para que no se asusten los de la mudadora. Todavía estamos desarmando los últimos paquetes y acomodando lo que no nos atrevimos a tirar en su momento. El nuevo departamento es en un piso alto, con vista abierta y todos los ambientes al exterior, incluido el lavadero. Alertados oportunamente por el encargado y algunos vecinos, ayer colocamos una red de protección en las ventanas para que no entren murciélagos. En todas las ventanas, menos en la del lavadero, porque ¿a quién se le puede ocurrir que un murciélago entre por el lavadero?
Esta madrugada a un murciélago se le ocurrió precisamente entrar por la ventana del lavadero. No era su día de suerte, debió haber consultado antes su horóscopo o haberse hecho tirar las cartas del Tarot. Si hubiera hecho eso en este momento seguiría volando por ahí alimentándose de polillas, moscas y mosquitos. Pero no, el chabón vio una ventana abierta y se mandó. Lo encontró Claudia tirado en el piso, al lado de la puerta del dormitorio.
—¡Horacio, vení! ¿Qué es esto? —me gritó antes de encerrarse espantada en el baño.
—No es nada —respondí yo para tranquilizarla, con la idea de que sería una hoja seca traída por el viento o algún retazo de tela producto del revoltijo de la mudanza. Pero no, ni las hojas secas ni los retazos de tela tienen patas. En una segunda mirada me di cuenta de lo que era, o de lo que había sido.
—Es un murciélago —me rectifiqué—. Lo debe haber cazado Nyan.
Al ir para la cocina a buscar un papel para recogerlo tuve una idea más completa de lo que había ocurrido. En el piso del living y en algunas de las cajas que aún quedaban sin abrir había sangre. Pero no eran sólo gotas, ni siquiera manchas. Era mucha sangre, incluso con marcas de arrastre. Había sido una carnicería. Nyan estaba como si nada asomada a la ventana, mirando la calle.
—Vení a ver —le dije a Claudia, que se quedó sin palabras.
—Hay que limpiar todo esto —agregué como una obviedad—. Tranquila, yo me ocupo.
En la cocina me los encontré a los gnomos. Juan estaba sentado en el borde de la mesada, temblando y blanco como un papel. Sofía le hablaba despacito al oído mientras le pasaba un repasador húmedo por la cabeza.
—Hola —los saludé. No pregunté qué había pasado porque me lo podía imaginar.
—Pobre, casi se muere del susto —me dijo Sofía—. Él vio todo.
—Fue muy feo —agregué yo—. ¿Vieron cómo quedó el living?
—Sí, yo me asomé hace un rato cuando la gata estaba distraída —respondió Sofía mientras escurría el repasador—. Un desastre.
Sofía es más tranquila y la más osada con la gata; se cuida de que no la agarre, pero no le tiene pánico como Juan. El pobre quedó espantado después del susto que se pegó la primera noche que se quedó en casa, cuando Nyan casi se lo cena. Sofía no pasó por esa experiencia porque no estaba aún con nosotros.
Saqué un par de hojas del rollo de papel de cocina y fui a buscar lo que quedaba del bicho. Cuando volví para tirarlo en el tachito de basura los gnomos me miraron pasar muy serios. Juan habló, compungido.
—¡Pobrecito! —dijo—. ¡Me dio una lástima! Lo vi entrar volando por la banderola del lavadero y me pareció re simpático. A mí me gustaría poder volar así —moqueó un poco. Sofía le acariciaba la cabeza.
—Yo estaba en la alacena acomodando los condimentos —siguió ella—. Por eso no vi nada, pero al escuchar el ruido y los gritos salí y me lo encontré a éste —lo señala a Juan— metido detrás de la bandeja del secaplatos, hecho un ovillo de miedo.
—Fue espantoso —Juan moqueaba pero iba tranquilizándose—. Yo estaba en la mesada, acomodando un poco las cosas que deja tiradas así nomás tu señora.
—Sí, la criticás, pero bien que hacen buena yunta ustedes dos —. Me enoja que ese bicho inventado se atreva a cuestionar a Claudia, ¿quién se cree que es?
—No la critico, es amorosa —siguió Juan—. Pero lo que se dice ordenada no es. Por eso nos complementamos.
En eso se asoma Claudia a la puerta de la cocina.
—¿Me alcanzás un trapo de piso mojado para limpiar el piso?
Parecía extrañamente tranquila. Le alcancé lo que me pedía. Se fue al living.
—¿Viste que es ordenada? —le reproché al impertinente.
—Bueno, está bien, sigo contando —se impacientó Juan—. Decía que yo estaba en la mesada y lo veo que entra volando y se cuelga cabeza abajo del purificador de aire de la cocina. Le sonreí y lo saludé con la mano. Pensé que sería una especie de gnomo como Sofi y como yo. Entonces le hablé para preguntarle quién lo había inventado pero no me respondió nada. Me pareció raro porque los gnomos inventados siempre nos podemos comunicar. Si no, qué sería de nosotros inventados y después abandonados en este mundo.
Me miró con aire de reproche. No le hice caso. A veces es un manipulador.
—Dale, seguí contando, abandonado —le dije.
—Bueno, cuando me estaba acercando para charlar o lo que sea se apareció la gata y de un salto lo bajó de un manotazo. El pobre atinó a volar, pero la desgraciada lo fue siguiendo y acorralando hasta que lo atrapó en el aire y se lo llevó.
—Se ve que lo llevó al living y allí lo terminó de matar —agregó Sofía—. Al menos por la sangre que quedó en el piso.
—¡Ay, no, por favor! ¡Qué horrible! —se estremeció Juan al oír eso.
—Sí, es feo —dije yo—. Pero hay que aceptar que es su instinto. Los felinos son predadores por naturaleza. Por eso cazan ratones y murciélagos como éste.
—¿Un murciélago, dijiste? —me miró Juan—. Yo pensé que era un gnomo.
—No le podés pedir a una gata que distinga entre un murciélago y un gnomo —le dije.
—A mí la otra vez casi me agarra —dijo Juan—. Ahora veo de la que me salvé.
Se puso a llorar. Sofía lo abrazó.
Final del relato. Ese día tuvimos que cancelar con Claudia todas nuestras actividades para llevar la gata al veterinario y su víctima al Instituto Pasteur para lo analicen si tenía rabia. Por suerte era un bicho sano y la gata no estaba lastimada.
Más tarde, averiguando sobre el tema, nos enteramos de que los felinos mascotas, cuando cazan algo, ya sea un pájaro, un murciélago o un gnomo, dejan el producto de su caza como ofrenda allí donde está la persona que ellos consideran su dueña. Claramente Claudia es la “dueña” de Nyan, porque la tiene desde hace 14 años. Menos mal entonces que la puerta del dormitorio estaba cerrada y que la gata sólo pudo llegar hasta ahí con su ofrenda, porque si hubiera ocurrido como otras veces que va a acurrucarse en la almohada a su lado, el episodio habría tomado otro cariz más dramático aún.


