El chamamé
La melodía de un relato.
Una vez más me encuentro escribiendo a partir de relatos de mi padre. Poco a poco fueron apareciendo por acá los recuerdos narrados de mi abuelo Pipo, el acto escolar en el jardín de infantes y la visita a su lugar de trabajo como ferroviario. Todas esas historias se sostienen a partir de lo que mi padre me contaba; casi no tengo recuerdos propios porque yo era muy niño o en algunos casos ni siquiera había nacido. Otra memoria tengo ya de más grande, ahora sí propia, pero siempre con la participación necesaria de mi padre. Ahí está la música.
Durante mi niñez y adolescencia en casa se escuchaba música, no muy variada por cierto, ya que no había las facilidades que hay ahora para disponer al instante de cualquier cosa. Había discos de vinilo, pocos porque eran caros. Música clásica: la 5° y la 9° sinfonías de Beethoven, la sinfonía 40 de Mozart, obras para piano del Príncipe Kalender y algunas otras que ahora no recuerdo. Si bien mi madre disfrutaba también de la música —le encantaba Lolita Torres—, el verdadero entusiasta era mi padre. El entusiasmo, bien se sabe, es de lo más contagioso que hay y de eso doy fe.
También había folklore. En su juventud, alguna vez mi padre había estudiado guitarra. Cuando cumplí 15 años aprovechó la ocasión y me regaló una guitarra criolla. Con algunas partituras simples se puso a recordar cómo se tocaba. Yo así conocí con él lo muy básico: las notas de las seis cuerdas, los acordes mayores y menores y que se tocan los bajos con el pulgar y los agudos con los otros dedos. Nunca llegué a tocar bien —él tampoco, por cierto—, pero aprendí a reconocer a los buenos guitarristas, de los cuales en casa se escuchaban principalmente dos: Eduardo Falú y Atahualpa Yupanqui. Sus estilos eran muy diferentes, el primero más clásico y ortodoxo y el otro más pueblero e incluso a veces desprolijo. Pero ambos la hacían hablar a la guitarra. Especialmente mi padre admiraba a Falú. ¡Qué lo parió!, solía exclamar luego de escuchar alguna de las maravillas que el salteño hacía con su instrumento.
Lo que no se escuchaba mucho era música del litoral. A mi padre le gustaba Ramona Galarza, pero más allá de eso no había otros artistas. Sin embargo yo aprendí a amar el chamamé, sin escucharlo, por lo que me contaba mi viejo. Paso a detallar.
A los 20 años, como a todos los varones en esa época, lo sortearon para hacer el servicio militar. La colimba, como se le dice acá. Le tocó en Ejército, con destino en el Regimiento de Zapadores Pontoneros en Monte Caseros, provincia de Corrientes. De ese servicio militar salió con excelentes calificaciones e incluso un diploma por buen comportamiento que aún conservo. El hecho es que, como siempre, mi viejo me contaba cómo la había pasado bajo bandera, las cosas que hacían en el cuartel y anécdotas de todo tipo. Entre eso, me contaba que cuando salía de franco se iba con algunos de sus compañeros al pueblo y se metían en alguna bailanta. Más detalles de lo que hacían allí no me contaba, pero sí que se escuchaba chamamé y se hablaba guaraní. Y me describía el chamamé como una música muy alegre y muy dulce a la vez —ésas eran sus palabras—; lo mismo del guaraní, que él no hablaba ni entendía, pero que le sonaba muy lindo. El chamamé pasó a ser entonces la música que mi papá escuchaba cuando estaba haciendo la conscripción en Corrientes. Y de ahí, quizás por el entusiasmo y la vivacidad que ponía siempre en sus relatos, quizás por el cariño que siempre le tuve a mi viejo o quizás porque el chamamé es una música realmente hermosa, pasó a ser el preferido entre todos los ritmos tradicionales de mi Argentina.
Ya de grande seguí escuchando mucha música de todo tipo, especialmente música popular de cualquier país. Algo tiene la música tradicional de todas partes que hace que se entienda sin necesidad de idioma, porque es música de la gente, de pueblo. Pero yo al chamamé lo entendí y lo amé sin necesidad siquiera de escucharlo. Porque me lo contó mi viejo.
Para quienes no lo conocen, les dejo una muestra, casi tomada al azar.


Qué lindo y qué mágico cómo se contagia el entusiasmo, las asociaciones que hacemos y que marcan esa conexión única y personal con lo artístico/cultural. Gracias por compartir!
Que lindo relato. Que loco como la musica de la infancia se nos queda grabada en la memoria, mas bien en el corazon. A mi me pasa con los boleros, la musica cubana, sonaban siempre en lo de mis abuelos. Gracias por compartir Horacio querido, un placer leerte siempre❤️