El 92
Buenos Aires tiene colectivos.
A eso de las 5 de la tarde el 92 que va hacia Palermo suele venir bastante lleno. Por suerte apenas subo se desocupa un asiento justo frente a mí. Dudo un instante porque si hay algo que me desagrada es esa gente que se abalanza sobre un asiento vacío sin preguntar, ni pedir permiso, ni respetar edad ni condición. De modo que miro a ambos lados, veo que nadie amaga acercarse y recién entonces me siento. Enseguida me doy cuenta de que el muchacho que ocupaba el asiento no va a bajarse sino que se queda ahí parado; me ha cedido el asiento sin decirme nada. Me incomoda un poco eso porque no me da la ocasión de declinar el ofrecimiento con una sonrisa y un gesto de suficiencia; pero lo tengo que aceptar porque ya hace un tiempo que, mal que me pese, entré en la categoría de “persona mayor”. Pienso entonces que a él le da tanto pudor ofrecerme el asiento como a mí aceptarlo. Fue un solidario intercambio de incomodidades efectuado en silencio, sin cruzar ni una mirada.
Es una hora de la tarde en que viaja todo tipo de personas: jóvenes y viejos, trabajadores y estudiantes, familias con chicos, personas bien vestidas y otras no tanto, gente sola, gente acompañada. El viaje se hace lento porque hay bastante tránsito y el colectivo se detiene a cada momento para subir y bajar pasajeros. Como no tengo apuro me dedico a observar y a imaginar vidas.
Me llaman la atención un hombre y una mujer sentados frente a mí. Tienen unos 70 años y lo que me intriga es que no sé si están juntos o son desconocidos. No se miran, no intercambian una palabra, sin embargo los puedo imaginar como un matrimonio, aunque más no sea por la similitud de la edad y cierta elegancia compartida en el vestir.
Más atrás viaja una joven de menos de 25 años, maquillándose. Es increíble cómo se atreve a pasarse un alisador de pestañas, pintarse los labios, ponerse rubor, en medio del traqueteo del colectivo. Lo notable es que lo hace con una serenidad pasmosa, como si estuviera frente al espejo en su propia casa.
En una de las paradas sube un muchacho joven muy pintón, alto, delgado, con el cabello lleno de rulos. Sonrío para mis adentros porque pienso que me hace acordar a mi nieto de 13 años cuando tenga 20. Me pregunto si tendrá abuelos, supongo que sí; mi nieto me tiene a mí, pienso, por ahora. No soy de andar contando años hacia adelante, pero me gustaría llegar a comprobar, en su momento, si mi recuerdo a futuro fue acertado.
El hombre y la mujer frente a mí finalmente dan señal de que están juntos cuando la mujer gira la cabeza y dice algo breve en voz muy baja. El hombre asiente sin decir palabra y sin mirarla. Son un matrimonio, seguro: no pueden ser otra cosa con esa manera de comunicarse. Tienen más o menos mi edad (yo ando por la setentena también), pero los veo muy diferentes a mí, porque no tienen pinta de ser ni curiosos, ni ingenuos, ni imprudentes, ni insensatos. Además deben estar casados hace recontra mil años. Bueno, allá ellos, es su tema, pienso.
La chica que se maquillaba se levanta para bajarse. Es muy bonita y por un momento la imagino de novia con el muchacho que parece mi nieto cuando tenga 20. ¿Tendrá novio ella? ¿Tendrá novia él? ¿O alguna otra combinación posible? De la lista de mis virtudes, la curiosidad es la primera y la imaginación viene después, pero no muy lejos. De la combinación de ambas me viene el hábito, cuando ando por la calle o estoy en un transporte, de preguntarme cómo será la vida afectiva y sexual de las personas que veo. Sé, por experiencia, que muy poco se puede deducir de eso con sólo ver el aspecto de alguien; cada uno de nosotros es en la intimidad una persona irreconocible en público. O viceversa. Pero bueno, con algo hay que entretenerse cuando no se tiene otra cosa que hacer, como yo en este momento.
Estoy por llegar a Corrientes y Medrano y me levanto para bajarme. El muchacho que me cedió el asiento sigue de pie al lado mío. Le sonrío y le hago un gesto para que se vuelva a sentar. Me hace un gesto a su vez como dándome las gracias y se sienta. Todo un acuerdo entre caballeros.
Me bajo del colectivo y empiezo a caminar. Las vidas de esas personas que observé hace unos momentos van a seguir su curso sin mi intromisión ni mi conocimiento. Qué lástima, pienso, es lo malo de no tener poderes.



Quien pudiera tomarse los cuatro juntos!! Y convencer a los pasajeros que en el otro colectivo esta o el amor de sus vidas o un nuevo amigo por conocer.
Me gustan los colectivos Horacio y me gusto tu relato. Hay todo un ecosistema en cada línea. Hay gente que se reconoce por tomarlos a la misma hora, gente que se encuentra y gente que se asombra con el otro, al cruzar miradas contemplando algun hecho bizarro. Hay niños atentos a las indicaciones de sus madres y adolescentes aprendiendo a ser adultos cuando eligen los asientos solitarios lejos de sus padres y hasta incluso ensayan dar un asiento. Me gustan los colectivos, aunque vayan repletos y el servicio sea irregular.