Carta a Graciela
El túnel del tiempo existe.
En épocas de mi adolescencia, en las revistas para jóvenes (yo leía Pinap), aparecía una página de avisos con direcciones de correo de personas interesadas en intercambiar cartas. Pen pals se llamaba esa página: amigos por correspondencia. No había otra cosa en esa época, era lo único parecido a una red social. Yo me carteaba con varias chicas de todas partes de Argentina e incluso con una de Japón, con la que nos hemos llegado a intercambiar regalos de cumpleaños. Eran cartas amistosas, no de levante. Nunca llegué a encontrarme con ninguna, y tampoco era la idea. Yo guardaba todas las cartas que recibía y aún conservo muchas, pero no tengo registro de las que yo enviaba. Excepto una, que encontré hace un tiempo, dirigida a una chica llamada Graciela, de la cual lo único que creo recordar es que era de la provincia de Tucumán. Estaba mecanografiada, porque se ve que quise conservar una copia. Cuando la leí no podía creer que yo hubiera escrito eso, por cómo está escrita y por lo que dice. Fue para mí una impresión muy fuerte, que además me ayudó a entender mejor retrospectivamente muchas cosas que hice y me ocurrieron en esa época. La quiero compartir acá, es parte de mi historia.
Bs. As., 23 de octubre de 1972.
Querida Graciela:
Son las 3 de la mañana. Ayer, 22, fue mi cumpleaños. Ahora tengo 19. Ésta es la noche triste de uno de los días más tristes de mi vida. El hecho de que haya sido mi cumpleaños no hace a la tristeza del día, pero sí hace a que yo tome conciencia de que estoy muy mal.
Yo siempre te he escrito sobre lo que pienso; hoy trataré de contarte lo que siento. Pienso que una correspondencia como la nuestra tiene sentido sólo cuando uno de los dos tiene necesidad de contarle algo al otro, de compartir algo con el otro, y lo escribe.
Tengo por costumbre, desde que me acuerdo, el no estar demasiado satisfecho con mi vida. Antes decía: “Pienso que mi insatisfacción es por esto y lo otro”. Hoy he sentido la causa de ello. Por eso estoy así. Hoy me he dado cuenta de que siempre he estado solo. ¿Sabés por qué? Porque hoy he pasado el día con gente a la cual yo casi despreciaba antes. Porque hoy he querido aceptar las normas de convivencia impuestas por esta sociedad enferma. Porque hoy he querido ser un muchacho alegre, bien vestido, que va con los amigos a divertirse a un baile. Porque hoy he cedido a la tentación de hacer cosas que siempre he rechazado. En fin; hoy me he dado cuenta de que todo ese pequeño mundo artificial de mis estudios de francés e inglés, de mis amigos, de mis ideas, no me pertenecía. Me he dado cuenta de que todo eso estaba prendido en mí con cuatro alfileres, y que yo estaba vacío. Fue por eso que hoy he querido reintegrarme a esta sociedad podrida de la cual yo renegaba antes por creer que yo había elegido una vida más honesta y revolucionaria. Bueno, ha pasado sencillamente que no he podido cumplir con el modo de vida que yo hubiera querido elegir, y cuando he querido volver a aquél del cual había salido, ya era tarde, tampoco pude hacerme a él.
Y aquí estoy, con 19 años, perfectamente desesperado. Con toda una vida por delante, pero nada a mis espaldas. Y aquí estoy, con 19 años, medio loco. Quizás sea porque he querido luchar contra males externos a mí; pero he sido en cambio incapaz de enfrentarme con mis males internos. Y aquí estoy, con 19 años, solo. Porque siento que no tengo ni familia, ni amigos, ni afecto, ni ideas, ni nada. Mi soledad parte de adentro de mí.
Sin embargo, ¡no! Tengo una inmensa fe en que el destino de los seres humanos no es el de la infelicidad. ¡Los seres humanos deben ser felices! ¿Por qué, entonces, me siento perdido? ¿No he sabido yo construir mi felicidad? ¿No me la han dejado construir? Creo que las dos cosas son en el fondo una misma cosa. Me consuela el pensar que quizá la misión de los seres más infelices de este mundo sea la de cambiar el mundo. Pero eso no es más que un consuelo intelectual, y yo me siento mal afectivamente.
Lo que me queda por hacer ahora es aceptar que estoy solo —que siempre lo he estado—, y comenzar mi lucha solitaria por la vida. Puede ser que así comience a estar acompañado, al menos por mí mismo. Pero hay que ver si lo logro. Me admiro y me desprecio al mismo tiempo por haber elegido ser inconformista. Porque al fin y al cabo no he logrado ser ni del todo inconformista, ni del todo lo contrario. Es casi cómico.
Si a todo esto le agregás el detalle de que a pocas chicas les gustaría tener como compañero a un tipo como yo —y de esas pocas, aún no encontré a ninguna—, tenés un panorama general de mi vida: todo está aún por hacerse. Y tengo 19 años. Desde ayer. O a lo mejor la cosa es a la inversa, y soy yo el que no quiero —o no puedo— ser compañero de nadie. Y tengo 19 años. Desde ayer. Es casi cómico.
No sé, pero creo que me gustaría saber qué pensás vos de mí. Como ves, no siempre te puedo contar cosas lindas. Y por favor, no me digas en tu próxima carta: “Espero que hayas pasado un feliz cumpleaños”; sería una ironía demasiado cruel.
Un beso,
Horacio



Fascinante Horacio. Que profundidad y emociones preciosas de un chico de 19 años. Me encantaría pensar que le escribiría este Horacio años después a Graciela. Solo espero que los años te hayan alcanzado en su mayoría felices. Porque si concuerdo, el sentido del hombre siempre es la felicidad y no existe ella si no hay alguien para compartirla.
Hermosa carta. Hermosa historia
Felicitaciones por el texto. Me gustó. Durante toda la lectura estuve esperando el giro, pues lo sospeché de ficción desde un principio. Si no lo es, te felicito también por la tremenda lucidez a tus 19. Espero que, a partir de allí, hayas pasado cumpleaños más felices. ¡A seguir escribiendo! (y que vuelvan los amigos por correspondencia -en papel-).