Ana María
Recuerdos que no crecen.
Me llamo María, pero tengo sólo medio nombre: me falta Ana. Ana María es un nombre completo, para una única persona, como íbamos a ser nosotras; pero como fuimos dos hubo que repartir: una Ana, una María. Nos repartieron los nombres y después nos repartieron a nosotras: Ana por un lado, María por el otro. Una acá, una allá; una se queda, una se va. Yo, María, me quedé; ella, Ana, se fue.
Me hubiera gustado ser una sola Ana María y creo que a Ana también. ¿Pero sabrá ella que a su Ana le falta una María? Yo me acuerdo del reparto: una se va, una se queda. Así de simple. Éramos muy chicas. ¿Se acordará ella? Seguro que tiene que acordarse, como se acuerda un manco de que alguna vez tuvo los dos brazos. ¿Nos amputaron una de otra a nosotras? Sí, fue eso. Un corte rápido, inesperado, sin anestesia. Yo lloré. No pude ver si Ana también lloró, pero estoy segura de que sí.
Tuve que aprender a manejarme en la vida con una sola mitad; una se acostumbra a todo. La que no se acostumbra es mi cabeza, que me hace soñar una y otra vez con un recuerdo. Los recuerdos, se sabe, no crecen. Ana en mis sueños no creció. Yo tampoco. Seguimos siendo dos nenas jugando, encerradas en la piecita, a mirarnos en el espejo y a hacer caras para reírnos porque éramos igualitas. Las voces de hombres que oíamos en la casa nos daban miedo, por eso jugábamos a reírnos. Nos daban miedo esas voces y esos hombres y el apuro de mamá por encerrarnos. Yo les sigo teniendo miedo a los hombres, pero ya no la tengo a Ana para reírnos juntas.
Puse muchos espejos en mi casa, pero me reflejan sólo a mí. Tengo que buscarla, tengo que encontrarla a Ana para volver a mirarnos en el espejo y hacer muecas y reírnos de todos los miedos del mundo.

